Publicado en Cuentos - Relatos

Based on a True Story

Es un día soleado, pese a ser 03 de Enero. El aire frío de los Alpes nos roza suavemente la cara y nos enrojece las mejillas. Me dirijo con mi buena amiga Alessandra a la Confetteria Stratta a comprar esos dulces de Piamonte que tanto nos gustan. Vamos por la Via Roma hablando acaloradamente sobre  cómo hemos pasado las Navidades y lo que esperamos del nuevo año 1889: nuestro pesimismo sobre la Alianza de Italia con Alemania y Austria-Hungría, las tensiones con Francia, la monarquía parlamentaria y la República, principalmente. Alessandra es la única amiga con la que puedo compartir mis inquietudes políticas. La ciudad hierve a estas horas de la mañana: los coches de caballos se mezclan con algún carruaje, lo que nos recuerda que hace unas pocas décadas Turin fue capital del Reino. Apenas llegamos a la Piazza Carlo Alberto a la altura de la estatua ecuestre, cuando observamos un tumulto de gente agolpada en círculo. Nos acercamos por curiosidad y observamos que un hombre de mediana edad, de unos 40 años, con bigote frondoso, yace inconsciente sobre los adoquines, al lado de un coche de caballos cuyo cochero permanece de pie, sujetando fuertemente las riendas del animal. Un joven nos ve intrigadas y nos explica, nervioso, lo que ha sucedido:

-El cochero ha bajado de la calesa y estaba reprendiendo al caballo, cuando este hombre se ha abalanzado sobre el animal agarrándose a él por el cuello para protegerlo, y se ha desmayado.

En ese momento, el hombre parece abrir los ojos, con una mirada perdida que me estremece. Alessandra me aparta y me susurra al oído:

-Creo que le conozco; es ese profesor alemán tan famoso … un tal Friedrich Nietzsche”.

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¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?

Un suave viento de primavera mueve las cortinas de la Biblioteca. La ventana está entreabierta, así que me apresuro a cerrarla, cuando en ese momento advierto que hay alguien más en la Sala. Me sorprendo porque a esa hora todos los residentes están cenando en el comedor, algunos por sí mismos, otros asistidos por el personal. Me acerco hacia él. Es un individuo enjuto, desgarbado, huesudo, con barba afilada, de pelo blanco como la luna. Me siento atraída de forma magnética por la serenidad y la dulzura que me infunde. Está leyendo ávidamente, con sus ojos brillantes inmersos en el libro, absorbidos por las palabras.

-Buenas noches, ¿le interrumpo? –le pregunto con voz suave.

-Para nada bella doncella -frunzo el entrecejo en respuesta automática al lenguaje que ha utilizado.

-Es la hora de cenar, venga conmigo que le acompaño al comedor. ¿Cómo se llama?

-Quesada, así me llaman no pocos y Quijada otros tantos. ¿Cómo es posible que sea la hora de cenar, si aún asoma el sol por la ventana? No recuerdo haber dado orden de matar y desplumar el último faisán de la Hacienda.

Me quedo helada, perpleja, atónita. Me Pareciera estar hablando en persona con el mismísimo  hidalgo Don Quijote de la Mancha

 -Necesito ensillar mi caballo y si es menester, pregunte en la posada si han visto a mi escudero, Sancho, que ya se ha perdido el aragán –añade con preocupación.

Le pido que espere un segundo y me apresuro hacia Recepción, donde una aburrida Elena, con su cara a escasos centímetros del móvil, mueve los dedos frenéticamente en animada conversación

-Hola Elena, ¿qué tal? –claramente le molesto, y apenas levanta la mirada del móvil.

-Buenas Lola, aquí estamos -contesta automáticamente.

-He visto al nuevo en la Biblioteca, el hombre que no parece muy mayor ¿Sabes quién te digo? Dice llamarse Quesada, supongo que ese es su apellido…

-El nuevo, sí, el que parece Don Quijote -continúa sin levantar apenas la vista del aparato y admiro su capacidad de concentración.

-¿Sabes cómo ha llegado hasta aquí?

Consigo captar un ápice del interés de Elena.

-Al parecer le han traído esta mañana. Dicen que el viejo iba corriendo cargado con una vieja rama de olivo o algo así corriendo para estamparse hacia esos molinos de viento enormes esos que hay para sacar luz. Tuvieron que llamar al Psiquiatra de guardia. Está chalado, se cree Don Quijote de la Mancha y va por ahí diciendo que es un caballero y que tiene que encontrar a Dulcinea del Tomaso o algo así.

-Toboso, Elena -le corrijo.

-Eso, Toboso. También va buscando a su caballo y a ese amigo suyo, el tal Sancho Panza. Se le ha ido la pinza al pobre hombre. No creo ni que tenga familia…

Elena da por finalizada la conversación de forma abrupta e inmediata, por lo que me dirijo de regreso a la Biblioteca.

Mi sorpresa es mayúscula cuando compruebo que el hombre ha desaparecido. Le busco por toda la planta baja. Le pregunto a Elena en recepción y ella me confirma que no ha visto salir a nadie por la puerta de entrada. Subo corriendo las escaleras. Me falta el aliento. Pregunto a las enfermeras de la Segunda planta, incluso entro en alguna de las habitaciones de los residentes, ahora vacías mientras cenan en el comedor. Un presentimiento se ha apoderado de mí y entiendo claramente que éste no es lugar para el Sr. Quesada. Comprendo que, si se ha desvanecido, si ha escapado, es mejor que viva cabalgando con su escudero por tierras de la Mancha y siga enfrentándose a molinos de viento para protegernos del ataque de los gigantes. El mundo es mejor, España es mejor, con Don Quijote por sus esquinas, caminando errante sumido en sus batallas, en sus aventuras de valeroso hidalgo, a lomos de Rocinante, su fiel amigo Sancho sobre ese rucio terco, y el galgo corredor.