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Atávico

ATÁVICO

Le miro a los ojos. Me hundo en el verde-azulado de ese mar que me atrae y me come de deseo. Él me está mirando y percibo, noto, me quemo en ese fuego intenso. Es evidente que me va a poseer, que va a mover todos sus músculos con el único propósito de tomar mi cuerpo. Y yo le dejo. No puedo evitarlo; no quiero evitarlo.

Se está aproximando a mí, despacio. Es corpulento, muy viril. No es el tipo de hombre que más me ha atraído y sin embargo, no pude apartar los ojos de él desde el primer instante que le vi. No es especialmente alto, estatura media, pelo muy corto. Bajo su ropa de trabajo se adivina una complexión fuerte, un cuerpo cuidado y esculpido. Apenas hemos hablado desde que entré en la tienda, no ha sido necesario. A los cinco minutos de pisar aquel recinto poco espacioso, de ambiente cargado, no podíamos dejar de mirarnos, de desearnos a un nivel primitivo, animal, atraídos por un imán poderoso y ajeno a nosotros mismos. Hubiera bastado que hubiera habido menos gente para que me hubiera tendido su mano allí mismo y yo hubiera aceptado su ofrecimiento, me hubiera llevado al almacén, o a la trastienda, o a uno de los probadores, y nos hubiéramos follado sin tapujos. A pesar de tener ese convencimiento, me sentí abrumada y salí corriendo. No podía faltar a mi conciencia, mi férrea moral sexual grabada con tatuaje de colegio religioso, a fuego lento, durante años. No pude quitarme de la cabeza aquel encuentro en todo el día, y al otro y al otro… por fin me decidí, movida por la curiosidad, por un impulso morboso.

He esperado a última hora de la tarde con la confianza de que no hubiera prácticamente nadie. He acertado y estoy espiando desde fuera. Sólo queda un cliente y él le está atendiendo. Lleva puesto vaqueros y una camisa de color arena, con el logo y el nombre de una conocida marca de ropa para hombre que le sienta maravillosamente bien. Me armo de valor y entro. Está hablando con ese cliente, el último. Me ve desde el mostrador y me reconoce perfectamente. Sabe quién soy, sabe porqué he venido. Le atisbo una leve sonrisa desde la distancia, le oigo que murmura algo y se dirige hacia mí. Estoy congelada a medio metro de la puerta, sin poder respirar:

  • Hola- me dice susurrando

  • ummmm Hola – consigo balbucear. Su voz quebrada me recorre la espalda como un calambre

  • Soy Javier: Y tú eres?

  • Julia – Miento.

-Muy bien Julia, espera un segundo,  en seguida estoy contigo.

Levanta su brazo derecho y sin apartar esa mirada que me hipnotiza, presiona un botón que hay justo en la pared detrás de mí, a la altura de mi cintura. Refreno el impulso de zafarme de su brazo. De forma inmediata, una persiana metálica comienza a bajar hasta que él, Javier, presiona de nuevo el botón y se detiene. Vuelve al mostrador mientras yo sigo petrificada, arrepintiéndome de mi osadía. En minutos que parecen horas, termina de cobrar y acompaña al cliente a la puerta, donde yo sigo esperando, cual estatua de mármol. Se despiden cortésmente.

Tras cerrarse la puerta, acciona de nuevo el botón y la persiana comienza a descender de nuevo, hasta que alcanza el suelo con un sonido brusco. Él apaga parte de las luces que envuelven la tienda. Estamos en penumbra, alumbrados sólo por un par de focos del techo, a la altura del mostrador. Me coge de la cintura para apartarme de la zona del escaparate. Estoy temblando. Nunca antes había hecho algo así. Realmente no tengo una relación seria desde hace tiempo, años, quizás un par de siglos. Me pregunto si me acordaré de lo que tengo que hacer, de lo que quiero hacer. Estoy deseosa de catar esta copa de pasión embotellada,  dejarme llevar por mis sentidos, sentir cada poro de mi piel, extasiarme con el tacto y el calor del cuerpo que me ha seducido de forma arrebatadora. Me siento ansiosa por sumirme, de nuevo, en el baile atávico que supone el sexo sin condimentos.

Nos sostenemos la mirada. Se está acercando a mi boca lentamente. No sé cómo reaccionar. Estamos bastante separados, no me toca ni me roza. Cierro los ojos y abro suavemente los labios para recibirle. Sin embargo, no son sus labios los que me rozan, sino su lengua, que lame mi boca con la suavidad de una pluma. No puedo contenerme y mi lengua se lanza en busca de la suya, con fervor. No me esperaba tanta sutileza, pero al mismo tiempo, lo agradezco. Mi cuerpo húmedo lo agradece. Nuestras lenguas están jugando, se entrelazan, se mordisquean, algunas veces fuera de nuestras bocas, bien dentro de la suya o bien dentro de la mía. No me puedo creer que aún no me haya tocado, por lo que yo no me atrevo a hacer lo propio. Súbitamente, acaricia mi pezón izquierdo con la palma de su mano izquierda, por encima de mi blusa. Esa es la señal que yo estaba esperando. Salvo la distancia que aún media entre los dos y me agarro a sus bíceps.  Confirmo sus horas en el gimnasio o donde fuera, no importa. Estamos alcanzando un ritmo menos pausado, más abrupto. Comienzo a desabrocharle los primeros botones sin apartar mi lengua de la suya. El ardor que siento ya no tiene marcha atrás. Aprieto mi cuerpo contra el suyo notando su erección. Como imaginaba, su miembro es potente, poderoso. Tengo que verlo, quiero verlo y deleitarme. Mi mano derecha se escapa frenética en su busca. Termino con esa interminable hilera de botones. Utilizo ahora mis dos manos, con la izquierda le acaricio los hombros, sus pectorales, mientras con la otra agarro su polla en toda su extensión. Gemimos ambos de puro placer. Mientras estoy haciendo todo esto, él mantiene su boca en mi oreja cubriéndome con su lengua, bajando a mi cuello y descendiendo por último a mis pezones. No recuerdo en qué momento me ha quitado ni la blusa, ni el sujetador. Sin duda, es tremendamente hábil. Pero yo también. Me arrodillo en el suelo, percibiendo que únicamente estoy desnuda de cintura para arriba. Él estaba empezando a desabrocharme los vaqueros, pero no le he dado tiempo, he sido más rápida. Paso su pene por mis pechos, acariciando mis pezones con suavidad primero, y apretándolos después. Finalmente, pongo su miembro en mi boca. Noto que se contrae movido por un espasmo. Me recreo en esta sensación de dominio y control. Le estoy chupando en movimiento acompasado, con una mano en su glúteo y otra en su vello púbico. Disfruto con esta explosión de instintos. La naturaleza fluye por nuestros cuerpos con la fuerza de un volcán, como ha ocurrido desde el nacer de los tiempos. De pronto, me empuja levemente por los hombros, se aparta un poco y me susurra mirándome a los ojos con descaro:

  • Si sigues así, me voy a correr…

No hace falta que me diga más, ninguno de los dos queremos que acabe la fiesta. Me levanto y tras esta pausa, comienza de nuevo a besarme lentamente. Este cambio de ritmo, en lugar de frenarme, aún me calienta más. Aún así, me dejo guiar. Ahora es él quién se arrodilla y me baja los vaqueros. Le ayudo a quitármelos. Agarra mi culo entre sus manos y me arranca el tanga de un mordisco. Me abre las piernas. Hunde sus nariz en mi vello mientras acaricia mis nalgas y entonces comienza a lamer mi clítorix. Éxtasis es la palabra que se me cruza en la mente. Sé que voy a alcanzar la cima con este espécimen esplendoroso del sexo masculino. Me tiemblan las piernas, cada contacto de su lengua me produce miles de chispazos eléctricos que se ramifican por todos los nervios de mi pubis. Por un instante, creo que voy a explosionar.  Inconscientemente, me estoy moviendo en un baile sinuoso  de frenesí. Él sabe que no voy a aguantar mucho más, así que se pone en pie y sin saber muy bien cómo, aturdida aún por el efecto de su lengua, se inclina, me agarra por los muslos y me alza sobre sus caderas. Rápidamente confirmo lo que pretende, por lo que me aferro a sus hombros, mientras cruzo mis piernas a su espalda. Y de esa forma, conmigo en el aire, me penetra. Me mantiene cogida por los glúteos en un despliegue exquisito de fuerza, por lo que soy yo quien procura el movimiento de caderas, si bien él me desliza hacia arriba y abajo. Es la primera vez que me hacen algo así. Ya no controlo mis pensamientos, me limito únicamente a dejar que fluya toda esta energía, todo este cocktail de pasión, ímpetu y descontrol. Termina súbitamente este goce momentáneo, efímero y nos quedamos abrazados, unidos, jadeantes. El trance en el que estamos inmersos se rompe, de pronto, por sus palabras:

  • Quiero volver a verte.

Y yo pienso que quizás lo considere…

 

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De empresas y galeones

El puerto de Lisboa hierve de gente a estas horas de la mañana. Cientos de galeras se avistan, majestuosas, en el horizonte del puerto de la capital portuguesa. Dos hombres caminan charlando acaloradamente, cuando de pronto, interrumpen su paso frente a un navío hermoso, soberbio:

 

  • Este es el Santa Ana, Almirante, el navío insignia de la escuadra de Vizcaya. Con 30 cañones a bordo, es el galeón más completo de su escuadra. Estamos terminando de cargar munición y aprovisionamiento – Comenta uno de los hombres, llamado Alejandro Gómez de Segura, segundo de a bordo.

 

  • Te recuerdo, Alejandro, que su Majestad quiere que partamos lo antes posible y debemos zarpar en dos o tres días. Cuento con que estará todo listo – responde el almirante Juan Martínez de Recalde.

 

Corre el año 1588 y el verano está a punto de llegar a su ecuador. Ambos hombres, conscientes de la magnitud de la empresa encomendada por el rey Felipe II son, con todo, ajenos a la importancia del hecho histórico del que van a ser protagonistas en primer plano: La batalla de las Gravelinas, combate naval entre la “Grande y Felicísima Armada” – más conocida por los ingleses, jactanciosamente, como “Armada Invencible” – y la flota inglesa. 130 navíos y más de 30.000 hombres se embarcaron en una tentativa de llegar a territorio inglés por mar mientras los tercios de Flandes tratarían de llegar a Londres, a través del condado de Kent. Éste era el Plan: Un Gran Plan.

 

Sin embargo, como nos revela la historia, los ingleses supieron aprovechar a su favor las pésimas condiciones climatológicas y una concatenación de malas decisiones por parte del inexperto Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, designado por el rey como el comandante de la Armada Española. La escuadra inglesa, a las órdenes de Francis Drake, acorraló a la flota española en Calais, obligándoles a retirarse a Gravelinas (Francia), donde presentaron batalla sin éxito. Finalmente, la Armada, que encontró viento en contra, no pudo reorganizar una formación de ataque ni embarcar a los tercios de Flandes, por lo que acabó dirigiéndose al Norte de las Islas Británicas, única dirección con viento a favor.

 

Este breve relato nos traslada al S. XVI, a una de las batallas navales más famosas de la historia de España. Analizada objetivamente parece que se produjeron una serie de imprevistos, especialmente climatológicos, que abocaron al fracaso a la flota española.

Por otra parte, analizada la fuente de donde he obtenido la información (Wikipedia), se produjeron una serie de malas decisiones que podían haberse evitado. En primer lugar, y entiendo como razón principal, el Duque de Sidonía carecía de experiencia naval y fue designado por el rey Felipe II debido a la repentina muerte del Gran Almirante de Castilla, Don Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz. El Duque de Sidonia intentó declinar en varias ocasiones el mandato real, apelando a su falta de experiencia, si bien Felipe II le ordenó continuar al mando de la Armada. Esta mala decisión puede explicar que en un momento de la travesía hacía el canal de la Mancha, “el almirante Juan Martínez de Recalde, segundo comandante de la Armada – (quien sí poseía experiencia naval) – reparó en que la flota inglesa se encontraba atrapada en su propio puerto sin posibilidades de zarpar y avisó al duque de Medina Sidonia para que realizara un ataque a gran escala al puerto de Plymouth” .16Sin embargo, Medina Sidonia debía dirigirse a los Países Bajos a reunirse con el duque de Parma y juntarse con las tropas de Flandes, y había recibido órdenes estrictas de no atacar a los ingleses a no ser que se viera obligado a ello”.

 

Por lo tanto, podemos aprender de la Historia que un buen plan, ejecutado por las personas incorrectas, puede acabar naufragando. Los españoles eran superiores en número y en munición, con galeones mejor preparados, pero no pusieron al mando a un buen marinero con experiencia en navegación, y por lo visto las condiciones climatológicas juegan un papel primordial en un medio poco conocido para un soldado, como es el mar.  Quizás el final de la derrota de España en esta batalla hubiera sido diferente si el Almirante al mando hubiera escuchado al segundo de abordo Juan Martínez de Recalde, y hubieran atacado a la flota inglesa en Plymouth. Nunca lo sabremos.

 

Mucho ha cambiado el entorno empresarial en el S. XXI, pero resulta curioso considerar a las empresas como navíos o galeones capitaneados por un comandante. No me imagino a los Almirantes del S. XVI dirigiéndose  a la tripulación a bordo diciéndoles cosas tales como: “cuando podáis, izad las velas” o “por favor, disponed los cañones que vamos a proceder a atacar”. Afortunadamente, también son muchos los legítimos derechos  adquiridos con esfuerzo por los trabajadores, pero a la par que en nuestra libre comparativa con las galeras de aquella época, las empresas son seres vivos que requieren de buenas decisiones para su crecimiento, así como ser dirigidas por un buen navegante, con avezada experiencia y formación.

 

Es necesario fijar objetivos a corto, medio y largo plazo, resulta prioritario que los empleados remen a las órdenes de quien inspira confianza, que sepan cuál es ese objetivo de forma que aúnen sus habilidades, talentos y experiencia en un esfuerzo común, por encima del individualismo. En definitiva, las empresas para lograr aquello que constituye su objeto social, deben tener un plan, un buen plan – como nuestra Armada Invencible -, teniendo en cuenta que una mala decisión, o una sucesión de las mismas, puede ocasionar el naufragio de cualquier iniciativa.

Tan importante era en el S. XVI rodearse de una buena tripulación, expertos marineros, como lo es hoy crear equipos eficientes de trabajo.

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Reflexión 01 de Enero 2018

REFLEXION
El primer día del año me plantea unos cuantos desafíos, importantes y como si tal cosa. Amanecí ayer consternada por Diana Quer, el linchamiento de los medios hacía la victima y su familia y me pregunto hasta qué punto fueron veraces las informaciones que nos facilitaron en un primer momento: que era una chica joven ligerita de cascos y su madre una trastornada por el divorcio. Hasta qué punto los medios se ceban con los trapos sucios de las familias, tanto de víctimas como sus agresores; porque todos tenemos trapos sucios y miserias, perdonen que se lo recuerde: ergo MEDIA SUCKS

Y Segundo, nos encontramos otra vez frente al espejo un caso de violencia de género, perpetrado por alguien más esquivo y probablemente psicópata que, en lugar de matar a su víctima en un ataque de celos, rabia y desposesión, tiene la frialdad de lanzar su cuerpo sin vida a un pozo abandonado. Tengo mis dudas de que se trate de un caso típico de violencia de género pero en definitiva, se trata nuevamente de un acto de violencia contra las mujeres por la sexualidad que “desprendemos”: que una mujer de 18 años, sexy, atractiva, vuelva sola a su casa se convierte en un acto no cotidiano, sino de valentía, porque podemos morir en el intento. Y al hilo del tema del erotismo y sensualidad, leo los comentarios del no vestido de PEDROCHE, una tía guapísima, cuyo no vestido era innecesario pero según ella, reivindicativo de que nosotras podemos vestirnos como queramos y “que no, es no”, lo que va cargado de razón. Sin embargo, una cosa es buscar la propia sensualidad porque una misma se deleita y otra diferente es ir semidesnuda en las campanadas de fin de año aunque el objetivo sea reivindicar nuestra feminidad.. tema en el que algunas tenemos otra percepción de la misma, también respetable, en mi opinión.

Y volviendo a la malograda Diana Quer, no creo realmente que la mataran por su indumentaria, sino porque el agresor vio una víctima apetecible, vulnerable, un objeto al q poseer, una presa fácil.

Y para terminar mi reflexión de año nuevo que, supongo, no leerá nadie -y con razón – , quiero Felicitar a la guardia civil por su empeño, su dedicación, su profesionalidad, porque pese a que un juez, probablemente agobiado por tanto expediente encima de su mesa, archivara la causa, siguieron persistiendo en su trabajo, por esa madre, por ese padre, por esa hermana, por Diana.

Querida Diana, lo siento muchísimo, descansa en paz y mucho ánimo para tu familia en estos momentos de angustia y desaliento. Mi corazón está contigo, con ellos.

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Carmen Antelm

Eras alta y desgarbada, de esa clase de mujeres que transpira una belleza sobria, enmarcada en una maravillosa sonrisa. Tu mirada era brillante y en el fondo, se entreveía un hilo de amargura.

 

Te vi morir allí, en aquella cama, agonizando, sin apenas poder respirar, porque morimos mal, aunque nos seden. Y morir duele, ahora lo sé. Cada Inspiración era un triunfo, hasta que te agotaste. Y dicen que no te enteraste y yo me lo creo, porque me resulta más fácil. Tenías la mente nublada por la fatiga, la escasez de oxígeno, el exceso de años. Y todo lo que pude hacer, lo único, fue darte la mano, despedirme, besarte, estar allí contigo…. y tú sin embargo, ¡Me diste tanto¡

De ti recuerdo muchas cosas, a pinceladas, abruptamente:

Tus manos huesudas, tu mirada cansada, tu tripa de años sentada, tu pelo blanco y gris, tus manchas en la piel, tu ojo ciego; tu sabiduría, tu saber estar, tu nobleza, tu grandeza en la escasez, tu bondad y excesivo esmero con aquella hija por enderezar; tu pastel de carne, sopa con albóndigas y pavo relleno de Navidad; tus años de maestra de historia en el instituto; tus veranos con nosotros y tus manos poniéndome gotas en los oídos cuando tenía otitis; El olor de tu regazo, tus carcajadas que iluminaban la habitación, y que no eran tan frecuentes; nuestras conversaciones cuando me acogiste en tu casa aquel año que encontré trabajo; las comidas que me hacías y me llevaba en un táper; tu caminar arrastrando los pies hasta que te operaron de las rodillas, tus últimos años en aquel sitio ajeno, tus roturas de cadera, tus desvaríos cuando nos confundías con tu madre, tu rápido descenso al abismo…. Tu cataclismo.

 

Y por encima de todo, perdura en mí el amor que me diste, las lágrimas que me secaste, el apoyo incondicional que me brindaste. Porque tu muerte se me presenta como un desafío, un torbellino de vacío que me asola el corazón. Y ahora me planteo qué hacer con el hueco que me has dejado, mirarlo de frente, sin que me propine una estocada.. y me cuesta abuela, me cuesta..

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La piel del alma

(Dedicado a J. Olivares, C. Pinto y C. Suárez)

El alma tiene una piel, como una membrana, que vamos reforzando desde la infancia a base de años y palos, hasta que llega un momento que consigues construir una muralla, una fortaleza para proteger esa capa, porque es tu templo. Y ni las leyes de la física, ni del universo explican quién y porqué alguien traspasa ni esa muralla, ni esa membrana. De hecho, hay personas con las que compartes horas y horas de trabajo, gimnasio, redes sociales, que jamás osarán cruzar ese umbral.

Sin embargo, existen aquellos que pasan por tu vida un segundo, que conoces fugazmente, fuera como fuere, y en cerocoma destruyen con su luz todo lo que has armado con esfuerzo, ladrillo a ladrillo. Se esfuma entre tus manos, como el agua, el escudo de tu alma y se te cuelan por un agujero minúsculo, pero al fin y al cabo un coladero, arrebatándote el corazón.

 

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AL GRITO DE “ALÁ ES GRANDE”

Tras un atentado como el que se perpetró recientemente en Barcelona, surge el consabido Brainstormig o tormenta de ideas. Ante el estado de estupefacción inicial y el duelo por las víctimas de la barbarie sin razón, surge en nosotros un intento de digerir semejante locura, que nos golpea en nuestro modus vivendi, nos abofetea como un obús en la cara de la rutina. Twitter se inunda de vómitos, de ira, de rencor. Los medios de comunicación no cesan en recordarnos lo que ha ocurrido, porque tienen que llevar comida a casa, como todos. Los políticos comienzan de inmediato los protocolos asociados a eventos de estas características (corbatas y trajes negros, caras compungidas, banderas a media asta), que se repiten ya demasiado, y que, precisamente debido a esa repetición, resultan falsos, fríos y carentes de espontaneidad, si bien entiendo que son necesarios.

Esta es la realidad actual, el nuevo paradigma del S. XXI. Nos enfrentamos a la yihad, guerra Santa que pretende sembrar el caos matando fieles cristianos – o no – al grito de “Alá es Grande”, y que esconde el sueño delirante de recuperar el esplendor de los califatos de antaño. Ante esta eventualidad de volver a la Era Medieval – , no podemos cometer el error de ser ingenuos, anclarnos en nuestra seguridad y no afrontarlo. Como todos sabemos, el 11-S marcó un antes y un después, un punto de inflexión, que ha ido evolucionando, porque quienes quieren instaurar el horror, también con fines propagandísticos, no persiguen matar, en contra de lo que parece en un principio, sino infundir miedo, atacando aquello que tanto esfuerzo y Siglos nos ha costado conseguir.

Cuando enfrentamos un problema de semejantes dimensiones, veo necesario mantener la cabeza fría y marcar objetivos a corto, medio y largo plazo, remarcando el hecho de que no soy analista, ni pretendo serlo. Sé que hay expertos con muchos más conocimientos, cualificaciones y experiencia para asentar las bases y el alcance de la respuesta debida a estas situaciones. Simplemente, pretendo dar mi opinión y perspectiva como una ciudadana más.

A corto plazo, es necesario centrarse en proteger  la vida e integridad de los individuos, y para ello, reforzar, como ya se está haciendo, la presencia policial o del ejército, especialmente policías “de paisano”, en acontecimientos multitudinarios como grandes eventos deportivos, conciertos, terrazas, paseos, centros comerciales, es decir, en todos aquellos puntos o aquellas actividades en los que los ciudadanos somos “Soft targets” y bajamos la guardia porque estamos realizando actividades de ocio. Hay que favorecer una mayor colaboración de los gobiernos y de las fuerzas y cuerpos de seguridad de los distintos países, actualizando ágilmente listados de los eventuales sospechosos de radicalismo, porque ya no es suficiente con listar a aquellos que viajan a Siria y Afganistán, reciben adiestramiento y regresan a su país de domicilio. Las tácticas fanáticas se han mudado a los países de origen, se han difuminado en nuestro propio sistema, como el virus que permanece silencioso e indetectable hasta que inicia su ofensiva. El concepto de terrorista preparado ha pasado a la historia, y podemos comprobar como quienes ejecutan los atentados, insidiosamente preparados por mentes perversas, son chavales radicalizados de 17 a 22 años, que hasta antes de ayer jugaban al baloncesto o tomaban copas con vecinos de su barrio. Entre esas medidas a corto plazo, ya se están comenzando a introducir barreras u obstáculos arquitectónicos, como macetas o bolardos, que protegen enclaves estratégicos, por multitudinarios.

Como iniciativas a medio plazo, – y que seguramente ya se realizan -, podríamos incluir una movilización silenciosa pero vigilante de aquellos profesionales que están en contacto directo con minorías más castigadas, o en situación precaria, como son los trabajadores sociales, maestros y escuelas. Son ellos quienes en primera instancia, pueden detectar casos de individuos que comienzan a actuar de forma errática o aparentemente radicalizada. Entiendo que aquellos que coquetean con el yihadismo, saben cómo ocultar hábilmente ese cambio sutil y progresivo de actitud, pero en el caso de que algún síntoma pudiera detectarse, debemos estar preparados. No sé cómo se podría arbitrar esta prevención, o cómo podrían investigarse las posibles denuncias, pero sería interesante que realizáramos una reflexión en este punto. Esta medida sería conveniente hacerla extensible a todos los ciudadanos, en su calidad de arrendadores de pisos o casas, de vehículos como camiones o furgonetas, vecinos de poblaciones con alta presencia de comunidades musulmanas, entrenadores de equipos juveniles, y en general, a toda la sociedad.

A largo plazo, las medidas son más complejas, y requieren una elaboración o planificación más elevada. Entiendo que una de las constantes tanto a corto, medio, como largo plazo, sería requerir la colaboración de los musulmanes asentados en los países objeto de atentados. La repulsa, el rechazo, la colaboración de los seguidores del islam, religión que aboga por la convivencia pacífica – salvo interpretaciones minoritarias, vengativas y con afanes imperialistas – es una condición sine qua non la lucha resultará mucho más complicada. Deben y debemos darnos cuenta de que lo que planean los ideólogos de esta revolución violenta, atenta directamente contra los musulmanes de bien, que sólo aspiran a labrarse una vida mejor en otras tierras. Si observamos las reacciones que se producen tras los atentados reivindicados por el ISIS, una de las consecuencias más plausible es el crecimiento de la islamofobia, lo que puede convertirse, en 5, 10, 20 o 30 años, en un ascenso de la simpatía por la apología del terrorismo radical, e incluso en un incremento de sus ejecutores materiales, como ya viene ocurriendo. El odio a los musulmanes puede resultar, con el tiempo,  en un aumento del reclutamiento de soldados a la causa más extremista.

No querría terminar este breve, insignificante e insuficiente brainstormig personal, sin hacer un llamamiento a las mujeres musulmanas. Vosotras sois las madres, mujeres, hermanas de los hombres y mujeres que pueden marcar la diferencia. Me parece entender, como veo que ya ocurre en algunos países y sin ser una conocedora en profundidad del tema, que podéis rebelaros contra prejuicios patriarcales y familiares, que con el esfuerzo necesario, podéis llegar a puestos de responsabilidad en vuestros países, ciudades, vecindarios. Vosotras podéis, dentro del respeto y los límites de vuestras convicciones religiosas y culturales, emprender la nueva imagen de la mujer musulmana, que sabe lo que quiere, que lucha por sus derechos y que obtiene lo mejor que la vida puede ofrecerle en cada momento. Desde mi punto de vista, uno de los mayores éxitos de la sociedad moderna tal y como la concebimos en la actualidad, es el reconocimiento de los derechos de la mujer, ingrediente indispensable y motor de las generaciones futuras. Porque no hay nada, repito NADA, más valioso que la Libertad.

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Va por ti, Miguel

https://youtu.be/1u2zNjROC3Y

 

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The childfree choice

I am not a woman This society can take

I am revolutionary and born to be myself without hesitation

I have no space for regret

I am unique and weird

I do not need anybody around me

and I will leave this world alone in peace and fulfilled

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Tribute to Mr. William E. Henley

https://www.youtube.com/watch?v=mi1dZM7Jeyw

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ADOLESCENCIA – JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

MI HOMENAJE A OTRO GRAN POETA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA

https://www.youtube.com/watch?v=qAy16QETI2o