El puerto de Lisboa hierve de gente a estas horas de la mañana. Cientos de galeras se avistan, majestuosas, en el horizonte del puerto de la capital portuguesa. Dos hombres caminan charlando acaloradamente, cuando de pronto, interrumpen su paso frente a un navío hermoso, soberbio:
- Este es el Santa Ana, Almirante, el navío insignia de la escuadra de Vizcaya. Con 30 cañones a bordo, es el galeón más completo de su escuadra. Estamos terminando de cargar munición y aprovisionamiento – Comenta uno de los hombres, llamado Alejandro Gómez de Segura, segundo de a bordo.
- Te recuerdo, Alejandro, que su Majestad quiere que partamos lo antes posible y debemos zarpar en dos o tres días. Cuento con que estará todo listo – responde el almirante Juan Martínez de Recalde.
Corre el año 1588 y el verano está a punto de llegar a su ecuador. Ambos hombres, conscientes de la magnitud de la empresa encomendada por el rey Felipe II son, con todo, ajenos a la importancia del hecho histórico del que van a ser protagonistas en primer plano: La batalla de las Gravelinas, combate naval entre la “Grande y Felicísima Armada” – más conocida por los ingleses, jactanciosamente, como “Armada Invencible” – y la flota inglesa. 130 navíos y más de 30.000 hombres se embarcaron en una tentativa de llegar a territorio inglés por mar mientras los tercios de Flandes tratarían de llegar a Londres, a través del condado de Kent. Éste era el Plan: Un Gran Plan.
Sin embargo, como nos revela la historia, los ingleses supieron aprovechar a su favor las pésimas condiciones climatológicas y una concatenación de malas decisiones por parte del inexperto Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, designado por el rey como el comandante de la Armada Española. La escuadra inglesa, a las órdenes de Francis Drake, acorraló a la flota española en Calais, obligándoles a retirarse a Gravelinas (Francia), donde presentaron batalla sin éxito. Finalmente, la Armada, que encontró viento en contra, no pudo reorganizar una formación de ataque ni embarcar a los tercios de Flandes, por lo que acabó dirigiéndose al Norte de las Islas Británicas, única dirección con viento a favor.
Este breve relato nos traslada al S. XVI, a una de las batallas navales más famosas de la historia de España. Analizada objetivamente parece que se produjeron una serie de imprevistos, especialmente climatológicos, que abocaron al fracaso a la flota española.
Por otra parte, analizada la fuente de donde he obtenido la información (Wikipedia), se produjeron una serie de malas decisiones que podían haberse evitado. En primer lugar, y entiendo como razón principal, el Duque de Sidonía carecía de experiencia naval y fue designado por el rey Felipe II debido a la repentina muerte del Gran Almirante de Castilla, Don Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz. El Duque de Sidonia intentó declinar en varias ocasiones el mandato real, apelando a su falta de experiencia, si bien Felipe II le ordenó continuar al mando de la Armada. Esta mala decisión puede explicar que en un momento de la travesía hacía el canal de la Mancha, “el almirante Juan Martínez de Recalde, segundo comandante de la Armada – (quien sí poseía experiencia naval) – reparó en que la flota inglesa se encontraba atrapada en su propio puerto sin posibilidades de zarpar y avisó al duque de Medina Sidonia para que realizara un ataque a gran escala al puerto de Plymouth” .16 Sin embargo, Medina Sidonia debía dirigirse a los Países Bajos a reunirse con el duque de Parma y juntarse con las tropas de Flandes, y había recibido órdenes estrictas de no atacar a los ingleses a no ser que se viera obligado a ello”.
Por lo tanto, podemos aprender de la Historia que un buen plan, ejecutado por las personas incorrectas, puede acabar naufragando. Los españoles eran superiores en número y en munición, con galeones mejor preparados, pero no pusieron al mando a un buen marinero con experiencia en navegación, y por lo visto las condiciones climatológicas juegan un papel primordial en un medio poco conocido para un soldado, como es el mar. Quizás el final de la derrota de España en esta batalla hubiera sido diferente si el Almirante al mando hubiera escuchado al segundo de abordo Juan Martínez de Recalde, y hubieran atacado a la flota inglesa en Plymouth. Nunca lo sabremos.
Mucho ha cambiado el entorno empresarial en el S. XXI, pero resulta curioso considerar a las empresas como navíos o galeones capitaneados por un comandante. No me imagino a los Almirantes del S. XVI dirigiéndose a la tripulación a bordo diciéndoles cosas tales como: “cuando podáis, izad las velas” o “por favor, disponed los cañones que vamos a proceder a atacar”. Afortunadamente, también son muchos los legítimos derechos adquiridos con esfuerzo por los trabajadores, pero a la par que en nuestra libre comparativa con las galeras de aquella época, las empresas son seres vivos que requieren de buenas decisiones para su crecimiento, así como ser dirigidas por un buen navegante, con avezada experiencia y formación.
Es necesario fijar objetivos a corto, medio y largo plazo, resulta prioritario que los empleados remen a las órdenes de quien inspira confianza, que sepan cuál es ese objetivo de forma que aúnen sus habilidades, talentos y experiencia en un esfuerzo común, por encima del individualismo. En definitiva, las empresas para lograr aquello que constituye su objeto social, deben tener un plan, un buen plan – como nuestra Armada Invencible -, teniendo en cuenta que una mala decisión, o una sucesión de las mismas, puede ocasionar el naufragio de cualquier iniciativa.
Tan importante era en el S. XVI rodearse de una buena tripulación, expertos marineros, como lo es hoy crear equipos eficientes de trabajo.