(Dedicado a J. Olivares, C. Pinto y C. Suárez)
El alma tiene una piel, como una membrana, que vamos reforzando desde la infancia a base de años y palos, hasta que llega un momento que consigues construir una muralla, una fortaleza para proteger esa capa, porque es tu templo. Y ni las leyes de la física, ni del universo explican quién y porqué alguien traspasa ni esa muralla, ni esa membrana. De hecho, hay personas con las que compartes horas y horas de trabajo, gimnasio, redes sociales, que jamás osarán cruzar ese umbral.
Sin embargo, existen aquellos que pasan por tu vida un segundo, que conoces fugazmente, fuera como fuere, y en cerocoma destruyen con su luz todo lo que has armado con esfuerzo, ladrillo a ladrillo. Se esfuma entre tus manos, como el agua, el escudo de tu alma y se te cuelan por un agujero minúsculo, pero al fin y al cabo un coladero, arrebatándote el corazón.