Una persona allegada, que no amiga, pero si compañero de días, de rutinas, sinsabores, desencuentros, y risas, me ha revelado que tiene cáncer, así, sin más. En ese instante, la cuenta de reproches se pone a cero, se petrifica el entorno, la habitación, la puerta, esa mesa de oficina y ese ordenador. Se te abre la boca en un acto reflejo, involuntario, debido al estupor y cuando eres consciente, te apresuras a devolver la mandíbula a su lugar habitual, como si hubieras robado, o matado o algo similar, porque no quieres contagiar el miedo que asoma descontrolado a tu rostro. En ese mismo instante, cuando todo se ha helado incluido tu gesto, notas que el aire pesa, mucho, no entra por la nariz, no quiere. Reaccionas como puedes ante la noticia inesperada y mides cada palabra. El corazón reclama tu atención palpitando acelerado en tu pecho, preparando al resto del cuerpo para iniciar la maniobra de huida, sólo que no puedes correr, no ahora. La emoción de quien te lo dice se percibe en sus ojos, en su voz, en su cuerpo y se contagia como una enfermedad vírica no descubierta ni etiquetada aún por la OMS. No sabes cómo ayudar, no sabes qué decir porque así de indefensos nos deja el cáncer, no sólo a quienes lo padecen y combaten, sino también a quienes lo presenciamos sin saber cómo responder.
No es un amigo mío, sólo somos compañeros desde hace mucho tiempo y pienso en el desaliento qué deben sentir los familiares, los verdaderos amigos. Si el momento en que me lo desveló se ha quedado congelado en ese despacho, no alcanzo a imaginar qué sintió su mujer, o sus padres. El Cáncer no es una sentencia de muerte, lo sabemos gracias a testimonios personales y avances gigantescos de la medicina, pero su efecto en la vida de las personas es comparable a un impacto en seco, repentino, brutal. El cáncer sacude como nadie los cimientos de nuestra propia existencia.