Sí, lo fui. Salgo del armario de los trastornos alimentarios. Me lío la manta a la cabeza y lo proclamo a los cuatro vientos. No estoy orgullosa. Fue espantoso, durísimo. La caída lenta y angustiosa. La salida aún más lenta y titánica. Casi me cargo mis estudios, a mis padres, la relación con aquel chico tan precioso (que perdí), a mi cuerpo, porque no te quepa duda de que la guerra es con tu propio cuerpo. No te gusta, lo deformas, lo sometes a inanición, a una huelga de hambre con la falsa idea de estar más guapa, más delgada, más perfecta.
Se sembró en mis 18 primaveras la semilla del descontento, que fue creciendo en forma de régimen, de dieta: primero el pan, luego el dulce y dos años después, ni una aceituna. Perdí literalmente el apetito, y casi no podía comer nada. Hay métodos, trampas para despistar, para tirar comida cuando nadie te ve, o esconderla para tirarla después, múltiples fórmulas para matarte de hambre. Fue un proceso muy sigiloso. Dos años separaban a una chica alegre en el comienzo de su juventud, de una persona gris, con apariencia de enferma terminal.
En mi caso particular, la necesidad de aprobación y el perfeccionismo me jugaron muy malas pasadas. Comprendo que hay muchas chicas y chicos, mujeres y hombres, e incluso niños y niñas, que han padecido o padecen estos trastornos, que suponen un drama para la persona que lo vive y su entorno familiar. Movida por este sentimiento, quiero ayudar. QUIERO DECIR EN VOZ ALTA QUE ES POSIBLE RECUPERARSE. Hay mucha gente, muchísima, que ha padecido algún trastorno de este tipo, gente más o menos famosa, gente más o menos inteligente. Desde la princesa Diana de Gales hasta Sisí Emperatriz. No es un problema aislado, o de una categoría social o cultural determinada. En casos de depresión está probado que la persona que la sufre, pierde el apetito. Y los trastornos de alimentación, a mi juicio (hablo desde la experiencia y no como una profesional que por supuesto, no soy), tienen algo que ver con la pena, con la falta de adaptación, con un establishment social de unos prejuicios sobre belleza ligados a perfeccionismo que han arraigado de forma insidiosa en nuestra conciencia cultural o social. Muchos jóvenes, en la etapa de mayor fragilidad emocional, como fue mi caso, la etapa en la que se asientan las bases de la futura personalidad, la etapa en la que se absorben como una esponja las bases sobre las que se rige el mundo de los adultos, quedan indefensos ante esas ideas de belleza y éxito. No hablo de casos como chicas o chicos modelos que han sido sometidos a los rigores de una industria descerebrada, que también lamento profundamente. Hablo en concreto del día a día de muchos adolescentes o adultos. No quiero herir sensibilidades, sólo dar un testimonio personal y una reflexión si cabe, sobre la responsabilidad que tenemos frente a generaciones futuras.
Personalmente no busco culpables de lo que me pasó. No hay nadie responsable salvo yo misma. Me dejé influenciar, al igual que muchas de mis amigas o compañeras no lo permitieron. Es cierto que tuve una predisposición, pero yo asumo la total responsabilidad de dejarme guiar por una pautas estúpidas que me hacían daño. Hubo un momento en que pude elegir, seguro, aunque ya no recuerdo el cuándo, y tomé el camino equivocado, un camino pedregoso, traicionero, que me trajo consecuencias preocupantes para mi salud.
Sin embargo, y aquí hago hincapié, inicié a mis veinte primaveras un viaje arduo, de desprogramación, complicado, del que estoy orgullosa. Supe corregir a tiempo, he sabido con el apoyo de las personas adecuadas, tras mucho leer y más trabajar, superar viejos patrones de conducta, reorganizar mis prioridades, mis cánones de belleza, mi autoestima, mis relaciones interpersonales, y llegar a un punto de conformidad conmigo misma, de amor hacia mí misma que nada ni nadie puede tumbar. Porque sé que el peor enemigo que he tenido en mi vida, no ha procedido del exterior, de las parejas que he tenido o me han dejado, los trabajos que he perdido, las críticas que he recibido, las zancadillas de quien menos te lo esperas… Mis peores batallas se han librado con mis propios miedos y aunque siguen presentes, el combate tiene una perspectiva totalmente diferente. Porque una pelea es la tristeza en la que te sume la vida y sus durezas, y otra pelea diferente es la angustia que se genera uno mismo. Y sabiendo que el origen de muchos males proviene de la disconformidad o el descontento con uno mismo, de las inseguridades, del miedo a la soledad, procuro atajarlo cuanto antes, porque SÉ CÓMO hacerlo. Si bien los miedos se alimentan de la propia adrenalina que provocan como respuesta, y nos seguirán siempre como una mala sombra, me enfrento a ellos con otras armas. Me ganan a veces, por descontado, pero jamás me quitarán la salud de nuevo.
Por todo lo anterior, quiero decirte que bien seas una persona aquejada de algún problema de este tipo, o bien un familiar o persona allegada de alguien que lo padece, puedo ayudarte, querría ayudarte. Afortunadamente, cuento entre mis mejores amigas con una maravillosa profesional que me respalda en esta aventura y en la que nos podemos apoyar. Tu y yo, de la mano, podemos iniciar el viaje de la recuperación que suponga el triunfo de tu vida, conseguir tu propia libertad y felicidad ¿Te vienes?
Os dejo un enlace a una canción que para mí es un himno de esperanza y en cuyo estribillo dice … «Aparta esa mirada de tu cara porque NUNCA VAS A APAGAR MI CORAZÓN»
¡¡¡¡¡¡¡ Que nada ni nadie apague tu corazón !!!!!!!!